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Si Ciudadanos cede

Si Ciudadanos cede a las presiones y facilita la investidura de Sánchez, el país descubrirá súbitamente el valor de la palabra dada. Los mismos que ahora presentan el compromiso de Rivera de no pactar con el PSOE como algo trivial, un mero tecnicismo, bordarán la renuncia a ese compromiso como una letra escarlata sobre el pecho naranja. Al tercer telediario todos olvidarán la Razón de Estado que hacía necesaria aquella rectificación, con la misma naturalidad con que tantos han asumido que el PSOE no es responsable de con quién pacta; el sanchismo tiene una rara habilidad para ofuscar memorias y adormecer capacidades críticas. Y así, durante los próximos años solo se dirá que Cs es un partido sin principios y Rivera, un líder sin palabra. El PP encontrará en ello el camino para su resurrección y Vox también se beneficiará del nuevo brillo de la veleta naranja. El PSOE dejará el tema en barbecho durante algún tiempo, y en cuanto le convenga también lo utilizará. (…)

La ‘función histórica’ de Ciudadanos

El argumento va más o menos así: a nivel nacional, Ciudadanos tiene una función histórica. Esta consiste en apoyar a PP y PSOE para que completen mayorías de gobierno, evitando que dependan de los partidos nacionalistas. Se trataría, por tanto, de una función de bisagra, siempre en inferioridad frente a las dos formaciones del bipartidismo: Rivera como el eterno actor secundario de las investiduras. Y sería censurable que este partido, con su veto a Sánchez y su intento de liderar el centroderecha, haya olvidado o renunciado a esa función histórica. Así -vienen a decir quienes defienden este argumento- no se va a ninguna parte.

La pregunta es evidente: ¿de qué historia estamos hablando? (…)

Como cada Selectividad

Las pruebas de acceso a la universidad tienen algo de liturgia nacional. Una vez al año, los medios se llenan de adolescentes nerviosos, de expertos que se preguntan si esta es la mejor manera de evaluarlos y de adultos que recuerdan cuando les tocó a ellos. No se trata de una particularidad española, como tampoco lo es que esta liturgia enfrente a cada sociedad con sus fantasmas particulares. En Estados Unidos, la temporada de los SAT -sus exámenes de acceso a la universidad- suele venir acompañada de alarmas por las diferencias en los resultados según la raza del estudiante. En Reino Unido sucede lo mismo con las diferencias entre estudiantes de distinta clase social.

En España, la Selectividad también nos enfrenta a un viejo problema: cómo organizar un Estado que funcione para todo el territorio. Las denuncias de estos días se han centrado, precisamente, en las injustas variaciones regionales de un sistema pretendidamente nacional. (…)

De la bisagra al eje

Ciudadanos es un fenómeno magnético, aunque no en el sentido que gustaría a sus dirigentes. Porque el partido de Rivera actúa como un notable imán de retórica falaz. Quienes proclaman las virtudes del diálogo y el acuerdo, incluso con aquellos que asaltaron la legalidad constitucional hace dos telediarios, declaran inaceptable que Cs participe en gobiernos con el apoyo de Vox. Quienes denuncian la irreprimible tendencia de Rivera a pactar con el PSOE se abrazaron, alborozados, cuando vieron que la suma con los naranjas daba para gobernar en Madrid. Quienes los llaman oportunistas callan ante cada nuevo escrache que sufren sus dirigentes. Quienes escriben sentidas elegías a un Madrid tolerante dicen que no se puede ir a Rentería a provocar.

Nada de esto es nuevo. Sí lo es el desafío al que se enfrenta el partido tras este ciclo electoral: seguir creciendo tras convertirse en la tercera fuerza del país, y desde un espacio político complicado. (…)

La serie negra del comunismo

No es extraño que Pablo Iglesias haya comparado el desenlace de Juego de Tronos con ‘El libro negro del comunismo.’ Más allá de las carencias del guion, el final de la conocida serie contiene un alegato antileninista tan explícito como para ponerse a buscar a Solzhenitsyn en los títulos de crédito.

No hay que dejarse engañar por los guiños del último capítulo a ‘El triunfo de la voluntad’: la tirana Daenerys no promete guerra eterna en nombre de una nación ni de una raza. Lo hace en nombre de una emancipación: la de los siervos. O de quienes ella dice que son siervos contra quienes ella dice que los explotan; ahí comienza el problema. La enormidad de este proyecto, el hecho de que la reina solo pueda ver en el mundo estas dos categorías, es lo que la blinda contra la compasión. Solo la caricatura de un bolchevique podría decir que «el mundo que necesitamos no será construido por personas leales al mundo que hemos conocido». Lástima que esas caricaturas existieran, y que gobernaran los destinos de millones de personas.

La alternativa que plantea la serie es igualmente clara, y trasciende la destreza de Jon Nieve con el piolet. (…)

Casado y su circunstancia

¿Habría llegado Aznar al poder sin los escándalos del felipismo? ¿Lo habría conseguido Rajoy sin la crisis? La respuesta es sencilla: nunca lo sabremos. Pero estas preguntas nos recuerdan que las elecciones no van solamente de lo que ofrece cada partido, sino también de una serie de hechos: los suyos y los de los otros. Si algún día inventamos una máquina del tiempo, por ejemplo, convendría viajar a 2011 para constatar cuántos votaron por el presunto centrismo de Rajoy y cuántos contra la gestión de la crisis por parte del PSOE. O planteemos otro escenario: si Lehman Brothers hubiera quebrado en 2005, ¿habría perdido en 2008 el presuntamente crispado PP del primer Rajoy?

Sorprende, en fin, que tantos análisis sobre el Partido Popular de Casado señalen fórmulas de éxito o de fracaso en una suerte de vacío: ganas cuando ofreces esto, pierdes cuando ofreces lo otro. (…)

La universidad ausente

¿Nos importan nuestras universidades? Si lo hacen, lo llevamos con una discreción extraordinaria. La situación de la universidad española está prácticamente ausente de nuestro debate público, y sobre todo del actual carrusel de campañas electorales. Esto resulta llamativo en primer lugar porque dos de los candidatos a la Moncloa -y también dos de los aspirantes a dirigir la Comunidad de Madrid- han sido profesores universitarios. Pero además, y sobre todo, estamos hablando de un sector crucial para cualquier país desarrollado. La universidad no es solo un ciclo educativo por el que pasa la inmensa mayoría de españoles y que guarda una estrecha relación con la entrada en el mercado laboral. También es un mecanismo básico de formación de élites, sean de las que pueblan ministerios o de las que intervienen en tertulias. Esto es así independientemente de cómo funcione el sistema, de cómo forme a estudiantes y profesores. Por eso es tan importante que lo haga bien.

Sin embargo, cuando la universidad se cuela en el debate público suele ser -literalmente- a título individual. Las polémicas acerca de los estudios de ciertos políticos, o los deplorables boicots que se han producido en algunos campus, no han provocado una reflexión general acerca de nuestro sistema universitario. (…)

El poder no es el centro

Si estas elecciones se han ganado en el centro, eso significa que Carmen Calvo es el centro. O que lo es Meritxell Batet, la ministra que sostiene que no se puede imponer la Constitución a los secesionistas. O que lo es Adriana Lastra, quien se autoproclamaba en vísperas de las elecciones «más roja que mi chupa».

Convengamos, en fin, que hay razones para dudar de que este PSOE encarne el centro. El principal rasgo confesable del sanchismo ha sido su apuesta por llevar al PSOE a la izquierda, tanto en lo simbólico y programático como en la política de alianzas. Finalizar los mítines cantando ‘La Internacional’, normalizar los pactos con Podemos y los nacionalistas y hacer propias muchas de sus tesis -véase la política lingüística del PSOE en Baleares-. Y funcionó: Sánchez comprendió mejor que nadie la peculiar cultura política del simpatizante socialista. Otra cosa es que ese éxito corresponda a una estrategia de moderación.

Quizá lo que el PP ha perdido y el PSOE ha ocupado no ha sido el centro, sino el poder. Los últimos meses han mostrado la capacidad del Ejecutivo para influir en los temas y los marcos de nuestra conversación colectiva. (…)

¿Qué hacemos con Maeztu?

Han pasado 82 años desde que un grupo de milicianos republicanos asesinara al periodista y ensayista Ramiro de Maeztu. De esta forma se ponía fin a la vida de uno de los intelectuales españoles más relevantes de comienzos del siglo XX. Su figura, sin embargo, sigue generando polémica. Hace unas semanas, un colegio público de Córdoba acordó cambiarse el nombre del actual Ramiro de Maeztu al de Miragenil -nombre del barrio donde se ubica-. Las primeras informaciones señalaron que el cambio se debía a un requerimiento de la Ley de Memoria Histórica; el colegio declaró posteriormente que solo se trataba de una decisión de la asociación de padres. En palabras del director, querían «un nombre que no sea político y no tenga nada que ver con la política» y que fuese «consensuado por toda la comunidad educativa».

Esta decisión, sin embargo, no parece haber sido tomada en el vacío. (…)