[Artículo publicado en El Mundo el 7/3/2019.]

Durante sus últimos años de vida, cuando ya estaba enferma y retirada de la política, Margaret Thatcher tuvo que convivir con una página web titulada ¿Ha muerto ya Thatcher? El contenido de la web eran dos palabras: “Aún no”. En 2013, tras anunciarse el fallecimiento de la ex primera ministra, la página se transformó en un gran “SÍ”, seguido de un “Por fin. ¿Cómo lo estás celebrando?”. Aquel cambio recibió 230.000 Me gusta en Facebook.

Al otro lado del Atlántico, también Hillary Clinton ha sido objeto durante décadas de un odio valquírico. Es la gran historia olvidada de las elecciones que perdió contra Trump. Un mayor número de mujeres blancas votó por él que por Clinton, todo un logro en un país presuntamente dominado por las políticas de la identidad.

Viene esto a cuento porque la reivindicación de una mayor presencia de mujeres en puestos de liderazgo es una de las caras del poliedro feminista actual. El argumento es legítimo y fácil de plasmar en estos días de precampaña, con ese pleno masculino entre los candidatos a la Moncloa; y en la semana del 8-M se ha convertido en una consigna unánime. Pero, si pasamos de hablar de un colectivo abstracto a personajes concretos, ¿qué hacemos con el hecho de que las mujeres que más han triunfado en la política han sido, también, algunas de las figuras más odiadas de su generación?

En realidad, hay algo perversamente triunfal, transversal e igualitario en este fenómeno. Triunfal por cuanto el odio que han recibido estas mujeres guarda relación directa con su éxito entre muchísimos votantes. Transversal por cuanto, dependiendo del barrio ideológico, se detesta a Colau o a Arrimadas, a Carmen Calvo o a Díaz Ayuso. E igualitario por cuanto se las odia al menos tanto como a sus equivalentes masculinos: Esperanza Aguirre y José María Aznar deben de andar empatadísimos en determinados odiómetros. Si sobre Clinton se proyecta el arquetipo de Lady Macbeth, hemos perdido la cuenta de los hombres sobre los que se ha proyectado el de Ricardo III… [Seguir leyendo en El Mundo.]